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Viaja a Israel con Gershon

Hay lugares de Israel que conocemos mucho antes de visitarlos. Galilea es uno de ellos. Hemos leído sobre sus poblaciones, el lago, los discípulos y muchos de los acontecimientos del ministerio de Jesús. Sin embargo, desde casa solemos construir cada episodio por separado. Magdala pertenece a una historia, Cafarnaúm a otra, el Monte de las Bienaventuranzas a otra, y el Mar de Galilea funciona casi como un fondo que aparece y desaparece entre capítulos. Gershon Priewer

Viajar por la región cambia esa percepción. El lago permanece visible mientras nos desplazamos, las elevaciones que lo rodean empiezan a tener sentido y las distancias dejan de ser líneas sobre un mapa. Es precisamente por eso que una de las jornadas publicadas por Viaja a Israel con Gershon reúne Magdala, el Monte de las Bienaventuranzas, Cafarnaúm, un paseo en barco por el Mar de Galilea y el río Jordán. Son varias visitas, pero geográficamente forman parte de una misma experiencia.

Gershon Priewer llega a esta región con algo que no puede improvisarse: tiempo. Su sitio oficial señala que cuenta con más de 50 años de experiencia profesional como guía en Israel y que ha trabajado especialmente con grupos cristianos. Esa trayectoria no necesita convertirse en una colección de superlativos. Resulta mucho más interesante verla en acción cuando un lugar requiere distinguir historia, arqueología, tradición bíblica y geografía sin mezclarlas.

Magdala: comenzar por la vida alrededor del lago

Una jornada como esta puede comenzar en Magdala. Antes de pensar en personajes conocidos o intentar reconstruir una escena bíblica, vale la pena mirar dónde estamos. El Mar de Galilea está cerca y estamos entrando en los restos de una población antigua que formó parte de la vida de esta región.

Las excavaciones arqueológicas de Magdala sacaron a la luz una sinagoga del siglo I y la llamada Piedra de Magdala, uno de los hallazgos más conocidos del sitio. La Autoridad de Antigüedades de Israel ha publicado investigaciones arqueológicas sobre el complejo y sus hallazgos. Para el visitante cristiano, el valor de estar allí no consiste en convertir cada piedra en una prueba de algo que la arqueología no afirma. Está en poder acercarse con mayor precisión al mundo en el que se desarrollaron los relatos que conoce.

Aquí Gershon puede hacer lo que resulta especialmente valioso cuando viajamos con un guía experimentado: ayudarnos a separar lo que tenemos delante. Qué pertenece a la arqueología, qué sabemos del período, qué procede de una tradición y cómo se relaciona todo ello con el contexto bíblico. Esa distinción evita exageraciones y, curiosamente, hace que el lugar resulte más interesante. No necesitamos adornar Magdala cuando los restos de una comunidad del siglo I ya ofrecen suficientes preguntas.

Mientras recorremos el sitio, el paisaje también empieza a trabajar en nuestra imaginación. Galilea deja de ser únicamente una región mencionada en los Evangelios. Comenzamos a pensar en comunidades situadas alrededor de un lago, conectadas por caminos, actividades económicas y desplazamientos cotidianos. El texto bíblico sigue siendo el mismo, pero ahora tenemos un escenario mucho más concreto para leerlo.

De Magdala a Cafarnaúm: la distancia también enseña

Después volvemos al camino. Este tramo del viaje parece simplemente transporte entre dos visitas, pero puede enseñar algo que ningún museo consigue mostrar de la misma manera: la relación entre los lugares. Magdala queda atrás mientras seguimos moviéndonos alrededor del mismo lago. No hemos pasado de un capítulo a otro ni cambiado de escenario de forma instantánea; estamos recorriendo una región.

En el itinerario publicado por Gershon, la jornada continúa por el Monte de las Bienaventuranzas y Cafarnaúm. Para quien conoce estos nombres desde hace años, encontrarlos dentro de una misma geografía puede ser más revelador que añadir otro dato histórico a una libreta. El Monte de las Bienaventuranzas se contempla dentro del paisaje de Galilea y, al continuar hacia Cafarnaúm, la orilla sigue ayudándonos a orientarnos.

Cafarnaúm exige nuevamente mirar con atención. Allí encontramos restos de la antigua población y una conocida sinagoga construida en un período posterior sobre evidencias de fases anteriores. Es un buen ejemplo de por qué importa viajar con alguien capaz de explicar las distintas capas de un sitio. Para un visitante, una estructura antigua puede parecer simplemente “de tiempos bíblicos”; para un guía, las fechas y las diferencias entre períodos importan.

Es aquí donde la experiencia de Gershon puede aportar autoridad sin necesidad de grandes discursos sobre su propia trayectoria. El grupo está frente al lugar y él puede ayudar a entender qué estamos viendo y qué no debemos asumir. La buena guía no consiste solamente en hacer que una historia suene emocionante. También consiste en saber cuándo una tradición debe presentarse como tradición, cuándo la arqueología permite afirmar algo y cuándo debemos reconocer los límites de lo que sabemos.

Mientras caminamos por Cafarnaúm, la cercanía del lago vuelve a entrar en la conversación. Muchos relatos del Nuevo Testamento relacionados con Jesús y sus discípulos sitúan a Cafarnaúm y sus alrededores dentro de la actividad en Galilea. Estar allí permite comprender físicamente que el agua, las poblaciones y las rutas no eran elementos decorativos de esas narraciones. Formaban parte de la vida cotidiana de la región.

Cuando subimos al barco, todo empieza a conectarse

Después de pasar parte del día caminando entre sitios arqueológicos y escuchando explicaciones, llega un cambio de perspectiva. El itinerario de Viaja a Israel con Gershon incluye un paseo en barco por el Mar de Galilea. Desde el agua, la región que hemos estado recorriendo durante horas comienza a verse como un conjunto.

La experiencia es distinta porque ahora miramos hacia tierra. Las elevaciones se extienden detrás de la orilla y podemos empezar a situar mentalmente algunos de los lugares por los que acabamos de pasar. El lago deja definitivamente de ser aquella pequeña forma azul que aparecía en los mapas de estudio. Tiene anchura, horizonte, viento, luz y una relación visible con el territorio que lo rodea.

No necesitamos decidir de antemano qué debería sentir cada persona en ese momento. Un pastor puede recordar un pasaje que ha predicado muchas veces; otra persona puede intentar reconocer la dirección de Cafarnaúm; alguien más quizá prefiera permanecer en silencio mirando la orilla. La experiencia no tiene que producir una reacción idéntica en todo el grupo para tener valor.

También es aquí donde el trabajo realizado durante el resto del día comienza a dar resultado. Si simplemente subiéramos a una embarcación sin contexto, tendríamos un bonito paseo por un lago. Después de haber recorrido parte de Galilea, observado sitios arqueológicos y entendido mejor la relación entre las poblaciones, estamos mirando el mismo paisaje con más información. Un buen itinerario no consiste únicamente en acumular lugares; permite que cada parada ayude a comprender la siguiente.

Al final del día, probablemente nadie recuerde cada fecha o cada explicación. Tampoco es necesario. Lo que permanece puede ser mucho más sencillo: Magdala ahora tiene una ubicación, Cafarnaúm está junto a una orilla que hemos recorrido, el Monte de las Bienaventuranzas pertenece a un paisaje que hemos contemplado y el Mar de Galilea es un espacio que acabamos de cruzar.

Ahí está una de las grandes diferencias entre estudiar un lugar y recorrerlo con alguien que lo conoce. Gershon puede aportar contexto, señalar relaciones y explicar las capas históricas que el visitante no identificaría por sí solo, pero después llega un momento en que el propio territorio completa la explicación. Basta levantar la vista y reconocer dónde estamos.

Meses después, cuando alguno de los viajeros vuelva a encontrar la palabra “Galilea” en los Evangelios, no necesitará inventar completamente el escenario. Tendrá recuerdos concretos con los que leer: la carretera siguiendo el lago, los restos arqueológicos de Magdala, el paisaje desde el Monte de las Bienaventuranzas, Cafarnaúm junto al agua y las colinas vistas desde una embarcación.

La Palabra de Dios no cambia. Lo que cambia es nuestra capacidad de visualizar la geografía y el contexto de los lugares que encontramos en ella.